Gran Bertha

Todo el mundo lo está buscando y yo no estoy muy seguro de querer encontrarlo. Sobre todo, no estoy convencido de que escucharlo me provoque algún sentimiento positivo; de hecho, dudo de que me provoque algún sentimiento.

Quizás por esa razón, consciente de sus dificultades para empatizar con sus mandantes, él prefiere callar hasta tanto tenga algo demasiado bueno que contarnos, una situación harto infrecuente en lo que va de su administración. De ser así, estamos ante un grave problema político que no hace sino embarrar aún más la resbaladiza cornisa en la que intenta hacer equilibrio su gobierno.

Que el hombre haya decidido romper el silencio solo si tiene buenas noticias revela su absoluto desconocimiento sobre el rol de un presidente. En los tiempos de bonanza, cualquiera puede improvisar discursos y todos ellos sonarán más o menos bonitos, pero en definitiva serán irrelevantes. Si hay viento de cola la situación misma es de por sí inspiradora. Los discursos presidenciales sobran.

Es en las situaciones dramáticas, empero, cuando resulta necesaria la voz de quien está a cargo. Si Abdo hubiera sido el primer ministro británico en los umbrales de la Segunda Guerra Mundial, habría callado hasta que las tropas aliadas ingresaran a Berlín.

La cuestión es cómo habrían podido resistir los ingleses los bombardeos de la Luftwaffe, el racionamiento de los alimentos y sus miles de muertos, sin la promesa de sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor con la que Churchill galvanizó a su isla.

Es en los días más oscuros cuando la figura del líder político cobra relevancia. La gente necesita que alguien le explique por qué estamos donde estamos y cómo vamos a salir. Alguien debe poder construir en el imaginario colectivo la convicción de que hay una luz al final de tan tenebroso túnel. Es eso o nos entregamos a la desesperanza.

Sé que es pedir mucho. Es más, sospecho que a lo largo de nuestros más de doscientos años de historia independiente podemos contar con los dedos de una mano presidentes que dieran la talla (en mi opinión solo dos: Carlos Antonio López y Eligio Ayala). No hubo nada que se le parezca siquiera a un estadista en el último medio siglo. Abdo, claramente, no es la excepción.

Pero no es momento de elecciones. Es lo que hay, es quien ocupa hoy ese rol y está obligado a ejercerlo. Sencillamente, el hombre no puede reunirse con obispos mientras sus ministros debaten cómo enfrentar el desborde de los hospitales y la chambonada criminal de las vacunas.

Abdo no puede seguir con la tontería de que solo lee versículos bíblicos (la fe es una cuestión privada) y que prefiere guardar voto de silencio, mientras su gabinete se pierde en una conferencia de prensa colectiva anodina y desangelada. Puede que le guste más asistir a la inauguración de cajeros o a la recepción de donaciones, pero para la foto social basta con la primera dama. Queramos o no escucharlo, y le apetezca o no comparecer ante la opinión pública, el presidente está obligado a hacerlo.

Esconderse bajo las sotanas de la Iglesia no desactivará la crisis. El virus no desaparece con oraciones ni con agua bendita, sino con vacunas. Y las vacunas tardarán en llegar. Sobrevivir a la espera requiere de una resiliencia incluso mayor a la que ya demostramos hasta ahora. Sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor…

Que los prelados se preocupen de nuestras almas, al presidente lo necesitamos explicando cómo proteger nuestros cuerpos y salvar la economía. Y si la situación lo supera siempre le queda la posibilidad honrosa de reconocerlo… y renunciar.

Pero el silencio nunca es una opción. De hecho, si hubiera sido el primer ministro en aquel tiempo, probablemente la actual reina británica se llamaría Ermengarda o Gran Bertha.

Fuente: UH