Gatopardismo

Mazzoleni se va porque no pudo domar a la fiera, porque es el blanco lógico de la bronca ciudadana y porque el paupérrimo sistema público de salud terminó por hacer agua ante el avance incontenible de la pandemia. El fracaso de Mazzoleni es en realidad el fracaso de la institucionalidad, la derrota de un ministerio que en tiempos normales colapsa, y que ahora debe evitar ese colapso en tiempos extraordinarios.

Es difícil analizar desapasionadamente qué se hizo bien y que no cuando cientos de familias recurren a la solidaridad de parientes y amigos para comprar la medicina que le dé chances de sobrevivir a su paciente. Licitaciones desiertas, burocracia, acaso la especulación más miserable… las explicaciones pueden ser muchas, pero cuando la gente se muere a nadie le importan.

Lo único seguro es que el monstruo volvió a ganar. Hay políticos felices. Es la prueba –dirán– de que los técnicos no son la solución. Me aterra imaginar quiénes ocuparán los espacios vacantes. No me extrañaría que en un primer momento se destraben los procesos y se agilicen las compras. Y nos quede la sensación de que todo retorna a la normalidad.

Y el monstruo seguirá operando. Alimentándose del dinero público y del dolor y la miseria de la gente.

No, la salida de Mazzoleni no solucionó nada. Si no nos damos cuenta de que nada cambiará hasta que reformemos la herramienta para aplicar políticas públicas seguiremos celebrando el gatopardismo que nos vende la clase política, cambiar algo para no cambiar todo. Operadores con apetencia política se seguirán mimetizando, aprovechando reclamos legítimos para hacer proselitismo. Y utilizarán nuestra bronca honesta para venderse como la solución, solo para ocupar las vacancias y retomar el negocio.

El problema inmediato puede solucionarse con la provisión de medicinas y el arribo de las vacunas, pero eso es solo la coyuntura, urgente y dramática, pero pasajera. El problema de fondo seguirá inalterable mientras el sistema opere para garantizar negocios y cargos para políticos, operadores y financistas; no para dar cobertura de salud a los contribuyentes.

El problema de fondo es un Estado mal concebido. Y esto se repite y seguirá repitiendo en todas las áreas de la vida pública. Algunos internautas sugerían en estos días que se estatizara el transporte público para mejorar el servicio y evitar un nuevo aumento del pasaje ¿Se imaginan al Gobierno comprando buses, pagando reparaciones y contratando choferes?

A menudo olvidamos que los transportistas corruptos o ineficientes solo son cómplices de funcionarios que trazaron los itinerarios, concedieron su explotación y hoy se encargan de fiscalizar la calidad del servicio. Siempre habrá empresarios buenos y malos; lo importante es que el aparato público tenga la capacidad de diferenciarlos y sacarlos del sistema cuando fallan.

Como en el caso de salud, el fracaso es del aparato público. Reformarlo supone modificar cómo se contrata, evalúa y ascienden los funcionarios; el sistema de compras públicas y el mecanismo de elaboración y financiamiento de las políticas públicas. O sea, desmontar el aparato mafioso que hoy controla el gasto público.

Curiosamente, algunos de los proyectos que apuntan a esos cambios ya están en el Congreso, pero nadie habla de ellos. Los mismos legisladores –salvo honrosas excepciones– que pidieron la cabeza de Mazzoleni y Sequera no tienen la menor intención de tratarlos.

Podemos darnos el gusto de destituir a Abdo Benítez –quien claramente no da la talla para el cargo– y a su vice y a sus ministros, pero mientras no reformemos al Estado será solo cambiar algo para no cambiar todo, un poco más de gatopardismo.

Fuente: UH