Honestidad complementaria |

Las obras públicas constituyen en América Latina una fuente de corrupción inacabada. La brasileña Odebrecht sofisticó tanto su organización que estableció un "departamento de coimas" que operaba a cielo abierto y ante la vista de propios y extraños. Sus actividades ilícitas han venido echando presidentes y forzado al suicidio a algunos países como en el Perú con Alan García.

En el nuestro a pesar de la visita de Odebrecht -luego encarcelado- al ex presidente Cartes, los negocios viales se quedaron en manos de los locales con el mismo formato de siempre. Es una verdadera omertá donde están políticos, dirigentes deportivos, decanos de universidades y operadores políticos que se hacen con unas obras públicas que pueden llegar a costar más de 2 millones de dólares por kilómetro. En los países de la región las mismas no pasan de 700 mil dólares y en la austera Alemania 138 y las más parecidas a las nuestras como Grecia y España no alcanzan 300 millones de la moneda americana. Aquí constituye un negocio fenomenal que vuelve rico a todo aquel que entre en contacto con el mismo sin importar incluso la condición de pastor de algunos administradores.

Solo basta mirar las "obras complementarias" para observar que ellas suponen un costo tres veces superior a la construcción del segundo puente con el Brasil que le sirve de argumento. Cuando uno observa el desglose del crédito que fue aprobado por los senadores puede darse cuenta de que hay cifras absolutamente irracionales.

Los administradores de las "obras complementarias" se llevan 38 millones de dólares, los fiscalizadores unos 7 millones y la construcción del resguardo aduanero en la cabecera del puente en el lado paraguayo: 10 millones de dólares. Esta cifra me recuerda el peaje de Ypacaraí, por el cual pagó la administración anterior 2 millones de los verdes. Un edificio de 10 pisos en el eje corporativo tiene el mismo valor que las oficinas de los encargados del control de personas, mercaderías y vehículos en Presidente Franco. Esto es absolutamente un robo y nuestros representantes en la Cámara Baja y menos el presidente pueden aprobar un endeudamiento de este tamaño y con esas cifras. Debe quedar constancia al menos para la historia -si ocurriera lo contrario- que no somos todos idiotas en este país para observar que con los 200 millones de dólares podríamos construir una carretera de Asunción a CDE con los valores que pagan los bolivianos.

En el camino de la carretera que une Cnel. Oviedo a Villarrica, unos lugareños me mostraban una estancia a la que llamaban "la banquina" porque el constructor la compró y la cargó de ganado con el dinero que debía ser invertido en las banquinas inexistentes de ese tramo vial. Podemos también llamar al restaurante de un ex ministro: "el metrobús", "el puente", los protectores viales, los ojos de gato y todo elemento que hacen parte de la construcción de una ruta generalmente mal construida, a destiempo y culpable de centenares de accidentes mortales. El presidente de la República se enorgullece de los kilómetros inaugurados y compite con el tirano que gobernó 35 años el país y que nos dejó como herencia maldita la corrupción 2.0 convertida en cultura entre nosotros.

Requerimos honestidad y ética complementarias. Este país pobre no puede seguir siendo engañado por una asociación lícita para delinquir. Es preciso saber por qué construir rutas en Europa en sitios accidentados cuesta 7 veces menos que entre nosotros. Si el BID que presta el dinero para estas obras se escandaliza de la corrupción en estos campos, que más podríamos agregar que el lamento de aceptar las excusas de aquella empresa cuya ruta construida en el Chaco en tiempos de Duarte Frutos y que desapareció literalmente en un par de años dijo: "me pagaron para hacer eso". Esa empresa sigue construyendo para el mismo Estado sin ruborizarse mientras su contratante ex presidente administra los fondos de Yacyretá sin control alguno. Somos nomás idiotas.

Fuente: UH