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Un mundo mejor

Al principio de la pandemia, el mundo entero observaba asustado el avance del coronavirus, y la manera en que iban cayendo uno a uno los mejores sistemas de salud del planeta. La televisión y las redes sociales nos mostraban imágenes de pesadilla. Crisis, colapso, miedo, y la realidad de millones muriendo solos, con sus familias y afectos lejos, muy lejos. En medio de todo, algunos filósofos contemporáneos, en un arranque de extraño optimismo, comenzaron a decir que el mundo pospandemia sería un mundo mejor, o al menos que sería diferente. Todavía recuerdo los hermosos paisajes de avenidas sin embotellamientos, cielos azules, ciudades sin contaminación, animalitos silvestres recuperando el terreno que era de ellos, y hasta el lago Ypacaraí pareció verse mejor sin gente alrededor.

Hoy, que al parecer hemos vuelto a la antigua normalidad, sigo recordando la conversación del Dr. Abraham Erskine, el creador del suero del supersoldado, con Steve Rogers, la noche antes de comenzar el experimento.

El futuro Capitán América le preguntó por qué lo había elegido a él, y el científico le respondió: "El suero amplifica todo en tu interior, entonces el bien se magnifica, el mal se incrementa. Por eso fuiste elegido. Porque alguien fuerte que tuvo poder toda su vida, pierde el respeto por el poder, pero alguien frágil conoce el valor de la fuerza y conoce la compasión".

El mundo, que todavía no ha vencido al virus, continúa siendo el mismo. Y a nivel local, diría que la crisis hizo lo mismo que el suero del supersoldado, incrementó lo bueno pero, sobre todo, lo malo. Porque somos testigos de un montón de gestos cotidianos de solidaridad, de gente buena que nos muestra la mejor versión de nuestra humanidad. Lamentablemente, los malos no descansan nunca.

No me refiero solamente a los desgraciados que intentaron aprovecharse, o se aprovecharon de la situación creada por la pandemia y eligieron estafar a todo el pueblo paraguayo con la provisión de elementos para salud. También hablo de todos esos que se la pasan jugando a la ruleta rusa con sus vidas y con las de sus amigos y sus familias; cuando en plena cuarentena salen a aglomerarse porque no pueden seguir viviendo sin compartir el tereré con sus kapés, o van a jugar al pikivolei o a rejuntarse en una fiestecita clandestina o en un casamiento rodeados de lujo e impunidad. Después, regresan a sus hogares y contagian a todos los que comparten la casa con ellos. Y los lamentos y las lágrimas cuando alguien se muere ya no sirven de nada.

La humareda que en estos días nos tuvo ahogados es culpa de unos cuantos inconscientes e irresponsables aprendices de pirómanos, que en medio de una sequía se ponen a quemar basura, aportando así su grano de arena al gran caos que ya es el país en crisis por el coronavirus.

Un ejemplo relevante es, sin duda, el de la contaminación de la hoy tan mediática laguna Cerro, de la ciudad de Limpio, en el Departamento Central. La serie de acciones por intentar parar la contaminación se habían iniciado en abril de este 2020, cuando se produjo una mortandad de peces. Esto antecede a la visible coloración roja que había sufrido el cauce hídrico, y que motivó la reacción de Leonardo DiCaprio, lo que generó amplia repercusión internacional, todo lo cual concluye con que alguna autoridad prometió hacer algo al respecto. Mientras tanto, la laguna Cerro sigue contaminada.

La crisis mundial y la angustia que genera el coronavirus no nos hizo mejores, y definitivamente a muchos los ha vuelto peores.

Esta no es una mirada pesimista, es el relato de una sociedad que ha aprendido a convivir y a tolerar la violencia. Si no, cómo se explica que en este 2020, cuando más unidos y fraternos tendríamos que haber estado, en el Paraguay hayamos tenido a la fecha un total de 24 muertes por feminicidio. Solo en julio hubo seis, y agosto cerramos con tres. Y del total, 17 fueron cometidos en la vivienda. Cómo nos explicamos como sociedad la muerte de una niña de 7 años, tras ser abusada sexualmente dentro de su propio hogar. Como país, nos hizo mucha falta una dirigencia política que se esforzara más para asegurar pan, trabajo y salud para todos los paraguayos; transparencia en la compra de insumos para Salud, y menos tiempo para hacer pactos hipócritas con sus viejos adversarios. Cuando todo pase y nos volvamos a juntar, tenemos que recordar a todos aquellos políticos y funcionarios que, en el peor momento de nuestra historia, pensaron solamente en sus intereses y no en el bienestar de la mayoría.

Fuente: UH