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Sobrevivir

Esto es inexorable, por supuesto. La muerte forma parte de la vida. Lo lógico, sin embargo, es que todos queramos vivir el mayor tiempo posible y de la mejor manera que se pueda. Siempre habrá situaciones dramáticas o afecciones sicológicas o siquiátricas que impulsen a algunas personas a desear su fin, incluso a precipitarlo. Pero, son la excepción a la regla. El instinto de supervivencia está vinculado a la vida misma. Incluso en las más deplorables condiciones, lo que está vivo intenta seguir viviendo.

Como digno representante de nuestra cultura latina, hedonista y querendona, mi pasión por la vida está fuertemente vinculada a los afectos y a los placeres. Cuando esté desgranando mis últimos días -que espero sea en un futuro muy, muy lejano- me arroparé con los recuerdos, en espera de que caiga el telón.

Y esos recuerdos no serán sobre los interminables debates que hacen al ejercicio de mi profesión, ni sobre mis ideas políticas, ni sobre los bienes que eventualmente haya acumulado. Serán sobre las vacaciones en familia, el nacimiento de mis hijas, los almuerzos con mis hermanos, la silueta esbelta de mi esposa recortada contra el azul turquesa de un mar de fondo, la mano de mi madre acariciando mi frente afiebrada, las bacanales navideñas, las noches de tertulia y vino con los amigos… y el sexo, por supuesto.

Nada original, obviamente. Las mismas experiencias que dan calor, color y sabor al calendario de todos, o de casi todos. Aunque entre medio se cuelen, inevitablemente, las peleas, las tragedias, los dramas económicos, los desamores y los desengaños. Una mezcla desordenada y variopinta que va marcando nuestra existencia.

Lo importante, como dice una amiga, es que en el balance final la vida sea tres de cinco. Si la vida es cinco, que hayas conseguido cuanto menos tres. Aunque a veces incluso dos o uno puede ser suficiente. Lo cierto es que para que esta experiencia finita valga la pena el único elemento esencial e insustituible es la vida misma; la nuestra y la de la gente que queremos.

Por esa razón no entiendo la actitud temeraria de tantos ante esta pandemia. Si vos, o cualquiera de los tuyos, padece de diabetes, sobrepeso, hipertensión, alergias respiratorias o cualquiera de esas dolencias a las que llaman enfermedades de base, un contagio equivale casi a una sentencia de muerte.

Es como jugar a la ruleta rusa, como salir en medio de una balacera con un blanco pintado en el pecho; o como entrar a tu casa disparando a mansalva con los ojos cerrados. Si el virus no te mata igual se puede llevar a tu madre, a tu esposa, a un hijo o a un amigo.

Seguramente podemos debatir horas sobre quién o quiénes creemos responsables de que estemos donde estamos, pero si morimos o muere nuestra gente, saber a quién echarle la culpa no nos servirá de mucho. Primero tenemos que sobrevivir. Y conseguirlo depende en gran medida de que hagamos lo más simple; usar mascarillas, lavarnos las manos, mantener la distancia, evitar el asado con los amigos, el piki vóley, la reunión con la familia y la ronda de tereré.

Es duro y tedioso, pero si queremos pasar factura a los políticos y a los burócratas a quienes consideramos culpables de lo que nos pasa necesitamos seguir con vida. Los muertos ya no pueden hacer reclamos; como mucho los hacen votar, y no precisamente por quienes habrían querido.

Fuente: UH