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Sin tiempo para culpas ni lamentos

La profundidad de la penuria económica que estamos viviendo es tal que la sienten incluso aquellos sectores que cruzaron sin despeinarse todas las crisis anteriores. Por ejemplo, el negocio de los moteles. Cerraron durante dos meses, pero cuando reabrieron sus puertas, los clientes no volvieron. Los voceros del sector cuentan que, a la noche, la ocupación apenas supera el 10% de las habitaciones en comparación con la temporada anterior. Golpeados por esta inesperada epidemia de fidelidad, forzada por el coronavirus, algunos de sus propietarios están pensando en algo hasta hace poco inaudito: Cerrar y dedicarse a otro rubro laboral.

Se sumarán así al funesto destino de aquellos que trabajan en el ámbito donde se suelen iniciar los relacionamientos que se perfeccionarán en el motel: Los bares y restaurantes. La nueva restricción de actividades nocturnas llevará a muchos de ellos a cerrar y dedicarse a otro rubro laboral.

En ambos casos, las consecuencias serán trágicas para miles de familias. Su futuro es tan pesimista como el de los productores de eventos, actividades artísticas, culturales o turismo. Son los más afectados en el amplio espectro de damnificados económicos que ya abarca a más de 7 de cada 10 familias paraguayas que están ganando menos que medio año atrás.

El único camino para salir de la malaria económica es trabajar y producir. Volver a encerrar a la gente en sus casas como lo anuncia el Gobierno no ayuda a ese objetivo. Pero, ¿hay otra alternativa?

Soy testigo del ambiente que se vive en hospitales y sanatorios de Asunción. El personal médico y de enfermería pasó varios meses esperando a pacientes con Covid que no venían. La cuarentena inmediata, intensa y disciplinada tuvo resultados. Cambiamos un pico catastrófico por una loma más chata, menos dramática, pero más larga. Mientras el número de contagiados subía de manera sostenida, pero controlable, se esperaba una preparación de la estructura sanitaria acorde al tamaño del drama que ya vivían varios países. Eso no ocurrió y ya vendrá la hora de distribuir culpas, ahora hay que enfrentar lo que se viene con lo que se tiene.

A medida que los enfermos de coronavirus iban ocupando más y más camas hospitalarias, había quienes se consolaban comparando nuestra "pequeña" estadística de víctimas frente a la enormidad de países vecinos. Olvidaban nuestro talón de Aquiles: La más famélica armadura hospitalaria de Sudamérica. Tampoco hay tiempo para lamentarse, hay que enfrentar una realidad que la vimos venir gota a gota. Las camas de UTI empiezan a llenarse, la cantidad de test diagnósticos tiene retrasos de más de una semana y aumentan las muertes, por culpa del Covid, de muchos enfermos sin Covid, sin prensa y sin reportes diarios del Ministerio. Son los miles de pacientes que han dejado de controlar sus enfermedades crónicas, de anticoagularse, de dializarse, de operarse, de recibir quimioterapia, de hacerse estudios de imagen porque los hospitales públicos han quedado despoblados de personal de blanco infectados o en cuarentena. Estamos en las vísperas de una batalla que siempre supimos perdida: La de los hospitales. La gente tiene que quedarse en sus casas todo el tiempo que le sea posible. De todos modos, en días más, tampoco habrá lugar en los hospitales. Entonces, ¿cuál es la prioridad? ¿La economía o la salud? No hay respuestas en blanco y negro. Pero es imposible pensar en reactivación económica sin controlar la pandemia. Es indispensable que haya vida saludable para producir. Por ende, las políticas de economía y salud deben integrarse como nunca lo estuvieron. La inversión sanitaria debe ser enorme y prioritaria. Hay que erradicar la impunidad. La de antes y la de hoy. La próxima generación de compatriotas no se merece la angustia que nos toca a nosotros: Sobrevivir a una pandemia en un país con una salud pública que nos avergüenza ante el mundo.

Fuente: UH