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Una cuestión egoísta

Ya de regreso en Paraguay, descubrió cuán poco le cobraba en realidad el Estado canadiense, aunque se llevara casi el cuarenta por ciento de sus ingresos. Lo supo cuando para obtener una educación para sus hijos, fuera, cuanto menos, ligeramente parecida a la que recibían en las escuelas públicas canadienses; y para garantizarles una cobertura médica mínimamente similar a la que tenían antes, debió gastar más de la mitad de su salario, un salario que inicialmente creyó suficiente para vivir incluso mejor que en la fría ciudad de Quebec.

No sospechaba que la sangría apenas estaba comenzando. Luego de que las hijas le contaran llorando su experiencia en el transporte público, tuvo que contratar un servicio privado para llevarlas y traerlas de la escuela. Después vinieron los robos domiciliarios en su cuadra. Ante la angustia de su esposa, debió instalar cámaras de seguridad, alarmas y, finalmente, contratar un guardia de seguridad. No fue suficiente.

Su familia, acostumbrada a pasar los fines de semana disfrutando del sol en una plaza pública, se vio obligada a llevar una vida carcelaria en el condominio al que se mudaron en busca de seguridad. Recién cuando ya estaba plenamente instalado supo del problema del agua y de los cortes de luz. El aguinaldo que el Estado canadiense respetaba terminó pagando aquí un pozo artesiano y un generador de gran porte.

Cuando parecía que la situación no podía ponerse peor se vio obligado a entrar en contacto con el Estado. Como representante de una empresa de tecnología canadiense intentó participar de una licitación pública. Y vio cómo los rumores de coimas y amaños se hacían realidad con pasmosa naturalidad ante sus ojos. Pretendió hacer alguna denuncia y el abogado local contratado por la compañía terminó por convencerle de desistir. El pleito podía llevar años y no había la menor garantía de salir airoso.

Cuando sus amigos lo escuchan hablar de la necesidad de sistemas públicos de salud y educación de calidad, e incluso del drama de la delincuencia generada por la inequidad social, lo tildan de zurdo. En realidad, en Canadá militaba en el Block Quebecois, partido nacionalista de derecha, y últimamente simpatizaba con el Partido Popular Canadiense, una corriente que coquetea con las ideas de su vecino Trump.

Hablé con él en dos ocasiones. En la primera cuando le recomendaron que me contara lo de la licitación, aunque me adelantó que no tenía pruebas, que solo quería descargarse. La segunda fue para despedirse porque decidió volver a Canadá. Fue entonces cuando me relató su experiencia.

Me dijo que siempre fue una persona a la que solo le interesaba su familia y vivir bien. Nunca tuvo sentimientos nacionalistas de ningún tipo, ni le preocupaba cómo vivieran los demás. Probablemente tengo una visión absolutamente egoísta de la vida, me dijo, y justamente por eso -agregó-me doy cuenta de que no puedo quedarme con mi familia aquí.

Lo recordé en estos días en los que un grupo de académicos lanzó un comunicado advirtiendo de la necesidad de buscar un nuevo contrato social que nos permita construir un país distinto, sobre bases más equitativas y que garantice oportunidades mínimas para todos. Puede parecer un discurso lírico o destinado solo a los más altruistas, pero en realidad apunta a un objetivo que interesa hasta al más egoísta de los ciudadanos.

Es simple. No podemos seguir viviendo en un país donde una minoría rica vive encerrada en sus casas, otra minoría de clase media gasta hasta el último guaraní para garantizar educación, salud y seguridad privados a sus hijos, y una inmensa mayoría deambula esperando que el azar le permita abandonar la miseria, convirtiéndose en pasto fácil para esa tercera minoría que con sus votos se mantiene en el poder alimentándose vorazmente de lo que aporta nuestra "baja presión tributaria".

Fuente: UH