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La bofetada de la jirafa

Horacio Cartes, pese a ya no ser presidente, hacía una imponente demostración de fuerza exhibiendo impúdicamente el peso de su poder. Necesitaba hablar con Mauricio Macri pero sus abogados le aconsejaban no salir del país. No importa, le mandamos un avión de Tabesa y que venga él. Imposible, pues hay una disposición que obliga a todos los que entran al Paraguay a guardar una cuarentena. No importa, mandamos cambiar esa ley. Puede caer chocante que un ex mandatario extranjero ignore al presidente Mario Abdo. No importa, lo mandamos un rato a Mburuvicha Róga a saludarlo.

Sin dudas, era una conversación tan importante que no podía desarrollarse a través del teléfono o una videoconferencia. Ahora, ¿cuál fue el tema del que hablaron? Allí comienza la confusión que mantuvo entretenidos a periodistas nacionales y argentinos por varios días. Porque ni los asesores de Macri ni los de Cartes se tomaron el trabajo de armar una versión que pareciera creíble. Conste que si se hubieran abocado a ello, encontrarían algo digerible. Al fin y al cabo, comparten mucha historia, pues ambos son millonarios, ex dirigentes deportivos devenidos en políticos –Macri creó su propio partido, Cartes lo compró hecho– y fueron presidentes con idéntica matriz neoliberal.

Al comienzo dijeron que ambos se encontraron para hablar de fútbol, debido a que Macri es presidente de la Fundación FIFA. Como la explicación era ridícula, ensayaron otra: estaban preocupados por el curso de la política regional y el fortalecimiento del Mercosur. No dio resultado. Entonces, Macri, ya de regreso, sostuvo que vino a discutir cómo nuestros dos países podían enfrentar la crisis producida por el coronavirus. Y, además, por el profundo amor que sentía por nuestro pueblo. Amor novísimo, este, ya que cuando era jefe de Gobierno de Buenos Aires en 2010, era muy despectivo contra los migrantes paraguayos, a los que vinculaba con la delincuencia y el narcotráfico. Este brutal menosprecio motivó la protesta de nuestro gobierno y un pedido de disculpas de la presidenta de entonces, Cristina Fernández.

Descartadas todas las excusas previas, queda claro que el motivo de esa reunión impostergable era algún negocio entre Cartes –se pronuncia Cartés en el estilo macrista– y el susodicho. De hecho, los otros invitados a la reunión eran del riñón financiero del dueño de casa: Carlos Fernández Vallovera, Santiago Peña y Sara Cartes. Bien, pero ¿qué negocio? La imaginación popular se paseó por el dinero de Vicentin, por el contrato de Aña Cuá y por otros delirios improbables, sin concluir en nada concreto.

Siendo así, tanto aquí como en la Argentina, cada quien se hizo su propia película, de acuerdo a sus convicciones. Así, por ejemplo, el conductor radial Marcelo Longobardi, amigo de Macri, afirmó: "Como siempre los argentinos inclinados hacia las discusiones estúpidas, por qué viajó a Paraguay, qué llevaba en el portafolios, quién lo autorizó a ese viaje, si abrazó o no al tipo que lo esperaba al pie del avión. Y los debates estúpidos me pudren". Olvidaba que hace unos meses criticaba entusiastamente a Cristina Fernández por viajar a Cuba en plena pandemia para visitar a su hija. Desde la otra vereda, el político peronista Aníbal Domingo Fernández, conocido por sus filosas metáforas, acuñó la frase: "Creer que Macri fue a Paraguay a hacer algo honesto es más difícil que envolver una jirafa".

No importa de qué hablaron. Queda esa sensación desagradable de asistir a la escenificación de un mbarete new age. Los comunes, los de a pie, obligados a cumplir todas las normas, reciben en silencio el insulto de dos irresponsables que se sienten superiores a cualquier mortal paraguayo.

Fuente: UH