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Cuando pensar distinto se convierte en ofensa

Hoy en día es difícil imaginar un liderazgo social o político que no defienda este supremo valor universal o que lo ponga en duda en cuanto a su necesidad o utilidad para el desarrollo y el crecimiento de las sociedades. Se trata de una de las capacidades más notables del ser humano y que, junto con la voluntad y la inteligencia –bien o mal utilizadas–, es forjadora de acciones de gran nobleza o desprecio.

Y de ella todos hablamos, nos llenamos la boca, pero es sabido que su aplicación es difícil y hasta dolorosa. La libertad del otro siempre tiende a molestar. Es un camino que necesitamos recorrer. Cuesta reconocer aquella que tiene el hijo para marcharse y hacer su camino, lejos de la casa; cuesta aceptar la crítica hacia aquello que uno ama o defiende; así como duele la afirmación errónea permitida en un contexto de libertad de expresión; un derecho siempre necesario y saludable.

La libertad cuesta pero nos conviene. Sin embargo, el miedo y el deseo de eliminarla y limitarla están siempre vigentes, en contraposición a un mundo cada vez más multicultural y diverso.

Actualmente, en Italia se debate la ley Zan-Scalfarotto, que básicamente apunta a castigar a quienes expresan alguna forma de crítica respecto a las personas con orientación homosexual, transexual o bisexual.

El debate de la opinión pública en ese país gira en torno a las posibilidades de restricción de la libertad de expresión y manifestación que su aprobación podría suponer, así como las interpretaciones que permite. Es así que uno podría ser castigado –con multa o pena carcelaria– por afirmar públicamente realidades basadas en la biología y la naturaleza, como que los hombres son hombres o que las mujeres, mujeres y no "personas que menstrúan"; pues es considerado discriminativo y agresivo.

Una normativa que censura la exposición de la simple correspondencia entre la realidad y el intelecto, "es el fin de la civilización", señala al respecto la escritora y periodista italiana Costanza Miriano.

Una normativa de este tipo, que también tiene sus promotores en Paraguay, atenta no solo contra la libertad de expresión, sino también contra el ejercicio de la libertad en sus diferentes formas. Como lo expuso en su momento Benedicto XVI: "La verdadera amenaza ante la que nos encontramos es la abolición de la tolerancia en nombre de la propia tolerancia", es una dictadura disfrazada de bonita terminología.

Este valor se respeta cuando la persona puede buscar la verdad; profesar sus ideas culturales, religiosas o políticas, y expresar sus opiniones.

La situación tiene cuestiones más de fondo, pues, en un contexto de confusión cultural, donde se fortalece un relativismo que desprecia cualquier tipo de certezas, el problema se centra también en el concepto que tenemos de la libertad y de la idea de cuánto de ella puede disponer el otro que no piensa como yo.

Además, está el juego de la comprensión de la identidad. Porque al afirmar lo que yo soy, no niego al otro, sino, por el contrario, lo afirmo y reconozco para iniciar una interacción; un "tu" no existe sin un "yo". Al afirmar una discrepancia, en forma respetuosa, claro está, no se siembra el odio; por el contrario, se genera un espacio en donde trabajar el diálogo y la convivencia, y hasta puedo descubrir una perspectiva distinta. La tolerancia no se construye en espacios censurados por leyes sino en medio de la libertad y el abierto debate de ideas distintas. Allí se mira al otro, real y concreto; se conoce sus necesidades y sufrimientos, y con él se avanza, sufre y aprende.

Fuente: UH