Negocio

La política paraguaya tiene todos los elementos para ser un gran negocio sucio. Tiene un mercado cautivo pobre y fácil de comprar, nulos controles efectivos, cero justicia y una gran opacidad. Esto último acaba de caer parcialmente para enterarnos en las declaraciones juradas de bienes y cómo el negocio ha prosperado de manera más que evidente y brutal. Para algunos ha confirmado que la dinámica social –la de elevarse de la condición más pobre al más rico– encuentra en la política el mejor camino. Se les agregaron los negocios ilícitos y unas elecciones internas sangrientas y costosas. Es el cóctel perfecto para la corrupción. Jaeggli, quien durante mucho tiempo financió a los políticos, un día se cansó de ellos y se lanzó al ruedo confirmando que su candidatura para senador había rondado los 500 mil dólares. Hace poco, otra correligionaria suya, la diputada Celeste Amarilla, afirmó que el costo de la suya fue de 200 mil dólares. El negocio no es alcanzar el cargo y recuperar la inversión con el salario. No, eso es "mitã'i recreo" (dinero chico). El verdadero negocio es el tráfico de influencias, el cobro por votar a favor o en contra de algún proyecto, la liberación de algún preso o evitar el ingreso de alguno a la cárcel, las compras con el Estado hasta los nombramientos de maestros y otros cargos. Este es el negocio de la política paraguaya. La misma que permite a un modesto fiscal de Ciudad del Este alcanzar la vicepresidencia, nombrar a toda su parentela y vender la propuesta de reforma del Estado como si se le pudiera creer.

Estas declaraciones deben servir para una investigación en serio de las instituciones del Estado. Todas deberían estar interesadas en esas fortunas acumuladas, ejercicio ilegal de profesiones, inversiones en empresas que facturan con el Estado y montos declarados cuyos orígenes son absolutamente sospechosos. La Contraloría, la Subsecretaría de Tributación, la Fiscalía, los jueces, el Tribunal de Cuentas, la Secretaría Anticorrupción deberían hacer un festín de legalidad con estos datos. Sin embargo, no creo que tengan ni el deseo, ni la voluntad y menos el compromiso de hacerlo con los altos salarios que reciben a costa de la frustrada compra de insumos sanitarios. El nivel de complicidad es enorme entre todos. Ahora lo único cierto es que sabemos cuán ricos han logrado ser ex fiscales, ministros, jueces, ministros de cortes con cuentas en EEUU y Suiza, presidentes de la República en el ejercicio de unas labores públicas donde la proporción de sus ingresos por salarios no representa ni el un 1% de la fortuna acumulada. Lo hicieron claramente traficando, robando y vendiendo cosas al mismo Estado del que eran y siguen siendo parte. Estos políticos nuestros han superado la proporción incluso de los traficantes de drogas, vendedores de armas clandestinas y delincuentes dedicados a la trata de personas.

Con estos datos pueden ocurrir dos cosas. Una, que se investigue, se sancione y se incaute lo robado. Dos, que el escándalo se supere a sí mismo y encuentre otro que lo sepulte al olvido. Si pasa lo segundo, habremos perdido una gran oportunidad de limpiar esta cloaca y claramente el mensaje será que en democracia el Paraguay no puede tener autoridades limpias, probas ni honestas y menos instituciones que hagan su tarea de limpieza. Y eso será una gran decepción y claramente una apuesta al regreso autoritario. Este negocio de la inmoralidad e ilegalidad es imposible de ser sostenido. Tiene que acabar por el bien de todos. Hemos esperado 28 años para comprobar lo que intuíamos: Casi nadie ha dejado de participar en el gran negocio de este país: La política.

Fuente: UH