La oscura fábrica de millonarios

Aquel artículo titulado "De periodista pobre a político millonario" preguntaba cómo aquel ex colega, que llegó a ser presidente de la República en el periodo 2003/2008, "en solo cuatro años, incrementó su fortuna en 1.427 millones de guaraníes". Esta semana, la histórica liberación de las primeras declaraciones juradas de bienes de autoridades y altos funcionarios tuvo otra vez como protagonista al ex colega y ex presidente, Nicanor Duarte Frutos, como uno de los muchos Houdini de la política. De nuevo muchos se preguntaron cómo un periodista que en los 80 pedía dinero prestado para el ómnibus, que en 1999 declaró un patrimonio de 773 millones de guaraníes, en 2017 ya había acumulado 7.364.985.519, casi diez veces más.

Nicanor ni siquiera encabeza el ránking de los magos millonarios de la política. Le gana lejos el senador liberal Fernando Silva Facetti, que en una década aumentó su patrimonio en 1.372%, seguido por el actual vicepresidente de la República, Hugo Velázquez, que en dos décadas aumentó de 411 millones de guaraníes a 5.530 millones.

Sus historias son solo algunas entre muchas otras de esa perversa y oscura gran fábrica de millonarios en que se ha convertido la política paraguaya. Historias conocidas o sospechadas, que ahora han cobrado alevoso carácter documental, cuando tras una larga lucha ciudadana se pudieron sacar del secretismo algunos datos sobre los bienes acumulados desde el ejercicio del poder.

No. No es magia, ni suerte, ni milagro. Es sinvergüencería de más alto nivel. Es corrupción pura y dura. Ni por más alto sueldos y beneficios que hayan tenido en estos tiempos, la simple suma matemática no alcanza a justificar tantas cuentas aquí y allá, mansiones, estancias, departamentos en la playa, flotas de lujosos vehículos, empresas propias o con prestanombres.

No. Es el directo resultado de concebir a la política no como servicio sino como la oportunidad de meter la mano en la lata y volverse potentados en un país donde miles siguen viviendo en chozas de paja, hule y cartón, a quienes apenas les alcanza para llevar un mísero plato de comida a la mesa de sus hijos.

Por algo insistieron durante tantos años en que las declaraciones juradas permanezcan en secreto. Ahora que por fin empiezan a hacerse públicas tras una larga y heroica lucha ciudadana, probablemente tampoco irán a la cárcel. ¿Cómo pedir justicia a una Fiscalía y a un Poder Judicial, cuando varios de sus miembros también aparecen mágicamente enriquecidos en la función pública?

Aun así, es bueno que toda esta historia de corrupción política explote y se dispare como el Covid-19. En una de esas la indignación ciudadana logra avanzar de los teclados del teléfono móvil y protagonizar positivas acciones de cambio democrático.

Fuente: UH