Una profesión en auge

Sin dudas, el Departamento de Amambay es el centro regional del sicariato. Hay dos motivos para ello: Allí reside el núcleo más duro del tráfico de drogas –sustrato indispensable para el florecimiento de la profesión– y sus pobladores mostraron desde antaño ciertas peculiaridades colectivas que merecen comentarse. Desde mi lejana infancia bellavisteña advertí que la vida cotizaba un poco menos que en otras comarcas. Con frecuencia, la gente solucionaba sus diferencias a balazos.

De cada lado de la frontera había, sin embargo, una sutil diferencia en el estilo de dar por acabada la discusión. El brasileño era poco afecto a los eufemismos: Eu vou mandar te matar (te mandaré matar), tercerizando la muerte. El paraguayo, en cambio, prefería una hipérbole, alivianando una sentencia igualmente ineludible: Ágãnte jajotopáne tapepo'ípe (ya nos encontraremos en algún sendero). Quizás con menos recursos, quizás con más aprecio por lo artesanal, prefería hacerlo por mano propia. Pero eso era antes, hoy el maldito mercado derrumbó aquellas nobles tradiciones. La profesión de sicario prosperó también en el Paraguay.

Al inicio no tenía ese nombre, se le decía "matador". Fue el cartel de Medellín el que puso de moda el término de sicario como el asesino contratado para acabar con un opositor político, ideológico o en negocios sucios. En el Amambay se convirtió en el método predilecto de los narcos. Pero eso también es prehistoria. Cambiaron dos cosas. Primero, que hoy el oficio es demandado en todo el país, incluso en Asunción. Es un éxito, por ejemplo, en el Departamento Central, donde ya hay eficientes y discretos pistoleros que hacen innecesario mandar traer personal de Capitán Bado para un encargo. Claro que hay que tener cuidado con los precios. Ni demasiado barato, pues hay un bucherío improvisado que se ofrece por cuatro monedas; ni sumas abusivas exigidas por supuestos profesionales con garantía.

Lo segundo es que el sicario dejó de ser exclusividad de las peleas narco. Hoy se recurre a él por motivos baladíes. Un saludo mal correspondido, una nimia cuestión de celos, una pequeña deuda impaga, termina con un contrato exprés y con la vida de algún molesto infeliz. Es tanta la banalidad del mal que hace unos días en Pedro Juan Caballero un adolescente de 14 años "mandó matar" a un compañerito con el que se había peleado en colegio.

El sicariato es un modo de vida. Así como el agricultor que planta marihuana se defiende diciendo "¿querés que plante mandioca?", el sicario nos dirá "tengo que mantener a mi familia. ¿Querés que robe?". Aunque, en su caso, no sería una mala idea.

Convivir con la muerte súbita y violenta en las calles es algo horrible. Ha ocurrido en Colombia, en México, en Venezuela, en Centroamérica. Allí donde la impunidad vence al Estado, la Justicia es reemplazada por el sicario. ¿Estaremos a tiempo de cambiarlo o debemos empezar a acostumbrarnos?

Fuente: UH