Mi pobreza edulcorada

Creo que la respuesta está en el tipo de pobreza que padecí, una pobreza menguada que no se define por la condición material, sino más bien por determinados intangibles. Para explicarme necesito ubicarles en un contexto pasado, en mis tiempos de pobreza edulcorada, esa experiencia común para la mayoría de quienes habitamos estas tierras.

Fue a inicios de los ochenta. Por falta de pago nos habían desalojado de la propiedad que alquilábamos en Asunción. Con lo que consiguió empeñando la tele, papá señó una casa de dos piezas y un baño, en una urbanización nueva, en las afueras de Luque. No tenía luz ni agua potable y el vecindario estaba compuesto por nuestra familia y la del cuidador de las casas inconclusas.

Para tener electricidad tendimos un cable común de doscientos metros, desde la casa hasta un matadero instalado al fondo de la urbanización. Nos cobraban el consumo mensual de cuatro focos, una heladera y un pequeño televisor. Para tener agua había que acarrearla en baldes, desde un aljibe construido a cincuenta metros del patio hasta una cisterna instalada en la cocina. La cocina, por cierto, estaba hecha de troncos de cocotero y un techo de zinc sobre el que se podía cocinar ecológicamente en verano.

Noche de por medio se cortaba la luz y había que ir con una linterna buscando pacientemente hasta dar con la sección del cable que se había quemado. Una tarde, cuando llegaba con los últimos baldes necesarios para llenar el tanque me encontré con mi hermana menor, cubierta de barro, metida en el tonel, feliz en su inocencia, echando a perder toda el agua. Me senté en el piso, exhausto, y lloré, lloré amargamente.

¿Nos marcaron aquellos días de pobreza? Creo que no, porque sencillamente nunca fuimos realmente conscientes de nuestra pobreza; quizás porque los intangibles impedían que fuera así. Los intangibles, como verán, eran mis padres.

Mi padre, hijo del exilio, había hecho la primaria y la secundaria en Buenos Aires. Hablaba mejor que cualquier otro adulto que yo conociera entonces, y jamás se sentía menoscabado por hacer un trabajo, no importaba cuál fuera. Mamá era profesora de las de antes, recibida en el Instituto Superior de Educación. Cuando se casó abandonó la docencia, pero seguía siendo maestra de sus hijos a tiempo completo. Por cierto, somos siete hermanos.

Pese a la multitud, mi hogar siempre estaba limpio y ordenado, aunque no hubiera luz ni agua. Con papá cepillamos y pintamos los ladrillos de las paredes no revocadas de la casa, y fabricamos una cerca con troncos de cocotero. Nivelamos el patio con pala y azada, y el viejo improvisó un parquecito de juegos, con caballitos y un tobogán de madera. Todo estaba siempre tan blanco de cal que con el sol lastimaba los ojos. Era una casita de torta.

Cuando miro en retrospectiva, puedo cuantificar fácilmente nuestras carencias materiales, pero entonces estas no nos parecían tan importantes. Al contrario, recuerdo que cuando departíamos con amigos económicamente más afortunados, los escuchábamos hablar casi con pena. De sus bocas no brotaba una oración inteligible. De alguna manera, sospechábamos que ahí sí había pobreza.

Es obvio que la educación –básica, pero sólida– de mis padres les permitía enfrentar los bemoles cotidianos sin acobardarse. Papá –que falleció con penas 52 años– murió convencido de que la prosperidad estaba a la vuelta de la esquina, que solo había que seguir trabajando duro para alcanzarla. Lamento que no viera a sus hijos probar que tenía razón.

Lamentablemente, la pobreza que tenemos que derrotar hoy como país es infinitamente peor. Nuestros pobres son hijos y nietos de pobres a los que les robaron esa educación básica de calidad que les permitiera creer, como primer paso, que la pobreza no tiene por qué ser eterna. A ellos sí les marca la pobreza porque no tienen intangibles a qué aferrarse.

Fuente: UH