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Limpieza

Como país requerimos arreglar con urgencia dos cosas: El Estado y limpiar el placard de las cosas innecesarias, inútiles y sin valor.

La primera de las tareas se perdió en el presupuesto aprobado y se demostró que el ministro de Hacienda no puede sostener sus promesas ni compromisos: Los sindicatos le doblan el brazo cuando quieren.

Los aguinaldos extras son una muestra de debilidad de la administración ante los grupos de "derechos adquiridos" que son capaces de parar el Estado y de humillar a sus administradores.

Los mandantes –o sea nosotros– que pagamos este circo no estamos organizados y no somos capaces de matar por inanición al "monstruo filantrópico" y este año vamos a pagar más por lo mismo o peor.

La limpieza interna es clave para sostener esta estructura del derroche que debilita a la democracia y fortalece la nostalgia autoritaria de algunos que pueden ser muchos.

No falta el que diga que antes, con mucho menos que este Estado derrochador, teníamos más seguridad, mejor educación y salud y el controlador era temido y respetado.

Hoy nuestra democracia se suicida lentamente en la incompetencia, la corrupción y la complicidad entre administradores y funcionarios, ante los ojos de una sociedad incapaz de levantarse contra los abusos y provocaciones.

Algunos creen que podría ocurrir lo de Chile, Ecuador o Brasil, aunque deben recordarse los versos de esa canción folclórica: "Nuestras costumbres no tienen nada que se parezcan a otra nación".

Aquí se aguanta todo sobre la base de creer que alguna vez "me va a tocar a mí o mis parientes el disfrute de los bienes del Estado".

Hoy son 300.000, que sumados a los miembros de su familia y amantes pueden alcanzar el doble de beneficiados frente a más de seis millones de marginales que los financian generosamente con una sarta de privilegios.

Si recortáramos la grasa del Estado a la mitad –la burocracia funcionaría igual con ese número– nos ahorraríamos casi cinco mil millones de dólares anuales.

Sí, leyó bien: Con esa cantidad duplicamos la calidad educativa, de salud, financiamos las obras viales, pagamos los créditos, no incrementamos la deuda y nos sobra plata para sacar de la miseria a quienes venden su voto en cada elección para no cambiar nada.

Alguno dirá: ¿Y que hacemos con esos 150.000? Ellos se rebuscarán y estoy seguro que años después agradecerán haberlos sacado de un sitio donde solo cobraban pero no trabajaban. Les habremos recuperado su dignidad, que no es poca cosa en este país del otrora "che mboriahu pero che delicado" (soy pobre pero digno).

Con esta revolución cambiamos el país.

El Estado se vuelve más eficaz, más tecnológico, menos botín de los muchachos y nuestros impuestos trabajan para nosotros y no para nuestros mandatarios (nuestros empleados).

Promesas de inicio de año que pueden transformar la ecuación de este país e impedir que los "alienígenas" de los barrios bajos asuncenos algún día se despierten y acaben con la codicia, insensibilidad y desprecio de los de arriba y sus operadores en el Estado.

Limpiar la casa es un asunto nacional y de sobrevivencia del sistema, porque esto, así como está: No da más.

Fuente: UH