Ni taxistas demonios, ni plataformas ángeles

A las disyuntivas de tener que elegir entre blanco o negro, colorado o liberal, Olimpia o Cerro, pajagua maskáda o hamburguesa, polca o cachaca, reguetón o guarania, tereré o gaseosa, Cartes o Marito, Alegre o Llano, Kattya o Payo, ahora se suma lo de MUV/Uber o taxi. Y al parecer una gran mayoría ya eligió: pulgar abajo para los taxistas.

De alguna manera, lo tienen merecido. Al menos, desde la época de la dictadura stronista, los principales dirigentes del gremio han ido conformando una rosca que hasta hace poco tenía el monopolio del negocio del transporte "puerta a puerta", con varias irregularidades en el servicio. Los usuarios se quejaban mucho de la descortesía de los choferes, de las unidades en mal estado, del costo abusivo de las tarifas (con los sobrecostos por las llamadas "bajadas de bandera" o por viajes en horarios nocturnos o días feriados), por la no emisión de facturas, entre otros detalles. Los reclamos resultaban inútiles, ya que no existían servicios alternativos. Viajar en ómnibus resultaba casi siempre peor.

En el trasfondo había una situación de complicidad que les otorgaba impunidad y podría entenderse como un delito de tráfico de influencias. Los taxistas se prestaban generosamente a los principales candidatos a cargos electivos y partidos políticos para trasladar gratis a los votantes en los días de elecciones. La "valiosa ayuda" era luego cobrada a intendentes, gobernadores, legisladores, concejales, incluso presidentes, a través de leyes, ordenanzas y otras medidas que les favorecían, como el uso discrecional del espacio público, liberaciones de impuestos y la protección deliberada a sus abusos.

El paso de la era industrial a la era digital trajo consigo acelerados cambios en todos los órdenes. Uno de ellos, que golpeó fuerte al sector de los taxistas en todo el mundo, fue la aparición de servicios de intermediación de transporte con plataformas móviles a través de internet, como Uber, Cabify, Beat, Lyft, Ola Cabs, Grab, Didi Chuxing, entre otros. En Paraguay surgió la empresa MUV, que rápidamente conquistó usuarios y fue la primera amenaza para los taxistas. Luego llegó Uber y cundió el pánico.

En esta guerra que moviliza al satanizado "enjambre amarillo" contra los "chetos con autos perfumados" no todo es blanco y negro. Por detrás de algunos impresentables dirigentes del gremio están muchos humildes trabajadores a quienes la crisis les golpea de manera dramática y la sensible reducción de la oportunidad laboral les priva del pan para sus hijos. Son quienes no tienen estrategias de márketing, ni manejan el mejor discurso ante los medios. Simplemente sufren y se desesperan.

Del otro lado tampoco todo es luminoso. Uber es ya una multinacional que se aprovecha de los vacíos de las legislaciones nacionales ante las nuevas realidades para no tributar igual que las empresas locales. No asume responsabilidades ante las autoridades de los países en donde opera, pero se lleva el 25% de las ganancias de cada viaje. Y en países en donde enfrentó conflictos, como en el Uruguay, respondió con guerra sucia, con la consigna de su fundador Travick Kalanick, de que se trata de "una campaña política, en donde el candidato es Uber y el oponente un idiota llamado Taxi".

Ni taxistas demonios, ni plataformas ángeles. Lo ideal es que mejore el transporte, pero que ningún sector trabajador salga perjudicado.

Fuente: UH