Odio al Congreso

La sesión del Senado en la que iban a suspender a Payo fue seguida en las calles, bares y oficinas como si fuera un partido de fútbol. Y cuando se produjo la agresión a Galaverna la gente explotó en gritos y risas como si hubiera ocurrido un gol de la Albirroja.

Llegamos a este punto a fuerza de intoxicarnos de desvergüenza. Si yo fuera parlamentario estaría preocupado, sobre todo ahora que lo han elevado de ángel justiciero a mártir. Pero sucede que llegamos a esto, justamente, porque buena parte de los diputados y senadores son muy ladrones, cínicos y amnésicos. Olvidan que hace poco tiempo tuvieron que huir por el camino de las ratas o que hace un año el edificio del Congreso fue quemado por hordas enardecidas.

Como viven en un termo, son incapaces de leer el enojo de los comunes. Por eso siempre se atreven a avanzar un pasito más en el lodazal del descaro. Fíjese en qué invertían su tiempo nuestros representantes mientras una mayoría sorprendente de personas aprobaban la escandalosa conducta de Cubas.

En silenciosa nocturnidad, los senadores llanistas Blas Lanzoni, Zulma Gómez y Dionisio Amarilla se reunieron con el contralor Enrique García. Cometieron la sublime torpeza de permitir que la prensa se enterara y los dejara en evidencia. Como también estuvieron allí algunos intendentes y el funcionario Carlos Krüssell, director de Organismos Municipales de la Contraloría General, puede presumirse que trataron los pedidos de intervención a ciertas municipalidades. Esta reunión secreta no tendría nada de raro si no fuera porque el señor García se encuentra imputado por mal desempeño en sus funciones y está a días de su juicio político. Es la política del canje a todo vapor.

Va otro ejemplo. En una sesión fraudulenta, por haber sido convocada de manera verbal y selectiva, una mayoría de diputados colorados envió al archivo el proyecto de ley que pretendía reducir los absurdos gastos de los parlasurianos.

Otro más: Miguel Cuevas, el presidente de Diputados, engrosó la nómina de la treintena de médicos, sicólogos y nutricionistas de nula utilidad que figuran en el minihospital interno que tienen quienes ya disfrutan de "seguros vip". O la postergación sine die del proyecto de declaración de pérdida de confianza al citado Cuevas, tan afecto a conceder aumentazos a sus funcionarios preferidos.

Todo esto en esos mismos días en los que la gente festejaba "inexplicablemente" los excesos de Payo. Su ceguera terminará reventándolos y yo lo aplaudiría, si no fuera porque el odio al Congreso preanuncia el odio a la política. Y esto suele ser el fin de las democracias.


Fuente: UH