Mientras el río crece, la solidaridad se hunde

Hace cuatro décadas, cuando llegué desde la remota Canindeyú para convertirme en otro asunceno adoptivo, me sorprendió la extraordinaria movilización ciudadana para ayudar a las humildes familias damnificadas por la creciente del río Paraguay.

Recuerdo aquellos grandes festivales y campañas solidarias frente al local de Canal 9, con extraordinarios músicos y artistas actuando ante largas filas de personas que acercaban sus aportes, mientras sonaba con insistencia la legendaria canción de Maneco Galeano: "¿Quiere escuchar mi historia, señor? Soy de la Chacarita / Con permiso del camalotal / con adobe alcé mi casita…".

Hoy casi nadie quiere escuchar la historia de los chacariteños y de los bañadenses. Ya no hay festivales ni filas de personas llevando aportes solidarios. Por el contrario, en las redes sociales, en los posteos a los medios digitales, en las entrevistas de radio y televisión, en los comentarios en las calles, solo se leen y escuchan insultos y ataques de odio contra los "haraganes", "oportunistas", "aprovechadores", "sinvergüenzas", con un creciente rechazo a que los pobladores ribereños afectados por la inundación puedan hallar refugio en plazas, parques o paseos centrales.

¿En qué momento un gran sector de la sociedad paraguaya perdió la capacidad de empatía y de projimidad con los más pobres y necesitados? Un pueblo que se considera mayoritariamente cristiano católico, ¿cómo puede serlo sin tener el valor de la caridad?

La aporofobia (actitud de rechazo, aversión, temor y desprecio hacia el pobre y el desamparado) es una enfermedad que no solo se nos ha ido metiendo en el cuerpo, sino en el alma de la sociedad. Para justificarlo, se inventan mitos que son fácilmente discutibles.

Por ejemplo, que "la ocupación de las orillas del río es algo reciente". Mentira. La existencia de la zona baja de la Chacarita es tan antigua como la ciudad. El historiador Fabián Chamorro relata que ya el presidente Patricio Escobar, a poco de finalizada la Guerra de la Triple Alianza, propuso la construcción de un muro en Asunción, para proteger de la inundación a los habitantes de la ribera. El popular Barrio Obrero nació justamente como un plan de reubicación de inundados de Tacumbú.

Es cierto que a partir de los años 70, con la expulsión de familias campesinas, se produjo un masivo éxodo hacia Asunción que conformó el llamado "cinturón de miseria", principalmente en zonas inundables. La razón es simple: los bañados eran los terrenos disponibles para los más pobres. Pero no son los únicos que ocupan territorios anegadizos: el Club El Mbiguá, por ejemplo, es de familias pudientes y también está bajo agua, al igual que el Club Sajonia y varias zonas residenciales. Ni siquiera ciudades enteras, como Pilar en 1983, se salvaron de quedar enteramente bajo agua.

La inundación, que durante el siglo XX ocurría cada diez años, se ha vuelto habitual. Probablemente la deforestación, el cambio climático y otros efectos inciden en ello. Pero la razón principal es que en el Paraguay siguen existiendo muchos pobres –hay 1.679.000 personas, el 24,2% de la población, viviendo en la pobreza según los últimos datos oficiales–, a muchos de los cuales, por diversas circunstancias, no les queda más opción que construir una casa a orillas del río, aun sabiendo que cada tanto quedará bajo agua. La inundación solo moja la miseria y la saca a luz, en plazas y calles céntricas.

Mientras se trabaja en cámara lenta por soluciones más definitivas, no vendría mal ser un poco más tolerantes con los compatriotas que en estos días no tienen a dónde ir. De lo contrario, no solo asistimos al río que crece, sino también contribuimos a que la solidaridad y la hospitalidad se hundan sin remedio en sus aguas.


Fuente: UH