La inoperancia de ayer hace aguas por todos lados

Hablamos de personas irresponsables que no han sabido honrar el cargo, ni la confianza depositada en ellas, y que, antes bien, se han aprovechado de ello para mejor su posición económica, la de sus descendientes, amigos y correligionarios. Total, conforme a esa posición, otras generaciones tendrán que afrontar la situación generada y hacerse cargo del fardo.

Es lo que en los últimos 30 años ha caracterizado a los sucesivos gobiernos nacionales y municipales.

Hoy todos los problemas que dejaron de resolver se multiplicaron por mil y la población más afectada, los pobres, los marginados, los sintechos, los bañadenses, los indígenas, los siempre postergados, simplemente les están pasando factura. Están exponiendo las consecuencias de décadas de indolencia, engaños y administraciones ineficientes, deshumanizadas y partidizadas.

Hablamos de presidentes, vicepresidentes, ministros, viceministros, senadores y diputados, concejales y directores de distintas entidades del Estado que desatendieron por años el proceso de empobrecimiento rural, ignoraron la migración campo-ciudad y se taparon los ojos para no ver la formación de los cinturones de pobreza en los alrededores de la capital, en pleno lecho del río. Autoridades que dejaron crecer este espacio marginal e inseguro, con la insensibilidad característica de los políticos sin compromiso, y amparados además en la impunidad y en la indiferencia de una sociedad poco educada, solo eventual y selectivamente crítica, y en un sistema educativo diseñado para no modificar esta realidad.

Ni hablemos de cómo tales autoridades jugaron con la ilusión de estos pobladores de la ribera y miles de familias campesinas en busca de oportunidades.

Cuántos estudios y proyectos se pagaron en nombre de ellos y para resolverles supuestamente el acceso a una vivienda segura. Cuánto dinero invertido y ni siquiera hay planes de inserción laboral.

Y qué común desempolvar esas propuestas o encargar nuevos estudios, cuando se aproximan las elecciones nacionales o las municipales, y se reaviva la temporada de las promesas que fluyen con tanta facilidad. Es probablemente la única época en que los pobladores de zonas inundables notablemente cobran visibilidad y los partidos políticos y sus candidatos desarrollan cierta empatía con ellos.

Todo lo contrario de lo que ocurre hoy, en que son vistos como una molestia, porque ocupan las plazas del centro histórico, los paseos centrales de ciertas avenidas, y porque atentan contra la estética urbana que, por cierto, hace tiempo está tan venida a menos, no por culpa de los damnificados y los indígenas desplazados, sino por la inacción de la Municipalidad de Asunción y del Gobierno Nacional.

Lo que hoy está sucediendo es que esas familias campesinas y sus descendientes están afrontando con cada vez mayor frecuencia inusuales crecidas del río, que se ha vuelto insostenible que continúen allí, sin que haya una intervención definitiva para resolverles la situación de zozobra permanente en que se hallan, intentando mantenerse en sus precarias casas.

Hartos de vivir así, ahora exponen sin tapujos sus carencias y desesperanza, ubicándose casi a la puerta de instituciones como el Congreso, el Palacio de Gobierno, y cercanías del Palacio de Justicia.

Los edificios emblemáticos que albergaron y albergan a quienes dejaron de hacer lo que deben hacer desde los cargos a los que, paradójicamente, llegaron con los votos de estos compatriotas que hoy les están reclamando una deuda histórica.


Fuente: UH