La democracia supura

Son rasgos de una democracia fallida que destila toda su podredumbre en cada arrebato del senador Paraguayo Payo Cubas. Y esto queda plasmado cuando se lanza contra sus colegas, sea el motivo que fuere. Una porción para nada despreciable de la ciudadanía aplaude y recibe de buen grado esos escraches que son tomados como un acto de justicia.

Toda la rabia social contenida se decanta en la metralla de insultos e improperios de un personaje que no conoce de límites ni dimensiona las consecuencias de sus actos. Se sabe depositario e interlocutor del descontento general. Hasta avisa, incluso, que una legión de adherentes suyos le secundarán cuando someta a fuego la sede legislativa con sus ocupantes dentro.

Payo aprovecha cada segundo de cámara para montar una escena de denuncia y acusación permanentes. Y registra su rebeldía con un teléfono celular que luego se viraliza como la peste por las redes sociales. A los ojos de la gente de a pie se posiciona como redentor y justiciero: el paladín de los reclamos populares.

Su caso no es aislado. Resulta del resquebrajamiento de la agenda neoliberal: este sistema que vio la luz en tiempos violentos, de dictaduras y golpes de Estado; ahora precisa de la mano dura de demagogos para emerger de su cíclica crisis. Es incompatible con la democracia que llegó como un aspaviento de las botas militares, en el marco de polarizaciones sociales y políticas, similares a las que se viven –en mayor o menor medida- en toda la región.

El ascenso de Jair Bolsonaro, en Brasil, es una muestra contundente de la decadencia democrática, postergando la esperanza de justicia y desarrollo social. Como nada de eso se llegó a plasmar –al menos en la dimensión esperada– y como reflejo del fracaso, un reivindicador de Hitler triunfó las elecciones en el vecino país; asistido por un discurso nacionalista, racista y homofóbico.

Con una retórica parecida, Donald Trump llegó a Washington. Exudando odio hacia los migrantes, prometió un muro que los separe de su vecino México.

"Las dictaduras no son malas", vocifera Payo. Reivindica a José Gaspar Rodríguez de Francia, que fue implacable con sus detractores, y no le desagrada –dice– la idea de aplicar penas capitales como se hace en China o Corea del Norte, donde a los corruptos se les corta la mano o se los condena a muerte.

Aplausos y ovación bajan desde las tribunas de las redes sociales. Allí la gente muestra su adhesión con las "salidas" del senador Cubas. Y hasta quienes dicen no estar de acuerdo con su "modo", celebran igual que "por fin" alguien les puso en su lugar a los corrompidos del Congreso.

De amenazar con el cinto pasó a usar agua para atacar a quien ose interponerse en su camino. Ahora suspendido en el Senado, tendrá quizá más tiempo y espacio para organizar la manifestación cuando se trate el proyecto de desbloqueo de las listas sábana. Convocó a 25.000 personas para el 25 de abril.

Payo se siente feliz fastidiando a los colegas a los que acusa de corruptos. Él mismo se sabe que nació de las entrañas de una crisis de representatividad parlamentaria. Va más allá de ser una mera protuberancia. Con sus embates provocará –dijo– una "trombosis" a la democracia fallida.

Asistimos a la antesala de una escalada de violencia social, donde la figura de este intrépido senador seguirá sumando adeptos –a expensas de la ignominia de los políticos– como osado emancipador.

Lejos de ser una moda pasajera, las protestas "en modo Payo" –así ya lo presentan en TV como un guiño–, recién empiezan y sus consecuencias para la bastardeada democracia pueden constituir un peligroso retroceso.


Fuente: UH