Entre Payo y la clase de spinning

–¿Ustedes los periodistas no piensan luego hacer algo para que estos políticos delincuentes nos dejen de robar, van a permitir que nos sigan cobrando más impuestos para pagar sus amantes, no se les ocurre luego protestar?

Me tomé unos segundos para recuperar el aliento y luego le respondí con otra pregunta.

–¿Y usted y sus amigas –eran varias las que se acercaron para escuchar el interrogatorio– no piensan, por ejemplo, organizarse para protestar contra esos políticos delincuentes; no piensan manifestarse el próximo 25 para que se desbloqueen las listas sábana, por ejemplo?

Me mantuvo la mirada desafiante. Después se secó la frente con la toallita de mano y me contestó con un tono más conciliador.

–Ojalá tuviéramos tiempo, mi hijo, dijo, y se fue con sus amigas a su clase de spinning.

La actitud de la ofuscada dama de sociedad no es muy distinta a la de la clase media local, que no es mayoritaria, pero que –por lo general– entiende mejor lo que nos pasa, acumula bronca por la misma razón y espera que alguien –no él ni ella– haga algo al respecto.

Es esa perezosa indignación que hace catarsis en las redes sociales y aguarda siempre la aparición de un advenedizo que, aunque no logre cambiar las reglas, cuanto menos ofrezca alguna satisfacción momentánea y visceral, como para seguir tirando.

Es la hinchada que aplaude de pie las incursiones del senador Payo Cubas, por ejemplo, talentoso anarquista que nos provoca una rara sensación de justicia cuando aparece arrojándole agua al tótem del Legislativo, segundos después de que este le advirtiera, con ese vozarrón, que acumula décadas de impunidad y cigarrillos, que ni se le ocurra. Y ahí nomás lo bañó, para deleite de los miles que seguían la sesión como un partido de fútbol.

La combinación de histrionismo, notable manejo del humor y una diatriba bien informada hicieron de los espectáculos del senador lo más divertido y desestresante de la semana. Pero no hay que engañarse, esas acciones, por sí solas, no generan cambio alguno.

Lo dijo el propio Cubas después de que lo suspendieran por 60 días. "Yo voy a estar aquí el 25 (de abril) como uno más (ese día tratan, en teoría, las propuestas de desbloquear las listas sábana), pero si no se juntan, por lo menos, 25.000 personas, se puede ir todo y todos a la mierda".

Como casi todo lo que dice, es absolutamente cierto. Cubas puede ser un agitador de masas, pero si la masa no se organiza y manifiesta, no hay transformación posible. Los indignados virtuales se inflaman con los pases mágicos de Payo, pero solo es eso, espectáculo.

Y mientras nos entreteníamos con ellos, los diputados, por ejemplo, postergaron el proyecto de ley que anula los aumentos que repartieron entre sus operadores y amantes; se hicieron de los tontos con respecto al proyecto que transfiere al Ministerio de Salud la clínica que montaron en la Cámara, y archivaron la propuesta de la diputada Kattya González de eliminar los gastos de los parlasurianos.

Hay solo dos maneras de ejecutar transformaciones de fondo; desde dentro del sistema mediante la porfía y negociación de legisladores y funcionarios que pelean por lo cambios (que los hay y es bueno reconocerlo) o presionando desde afuera mediante la movilización ciudadana.

A los políticos puede que les resulte molesto el carnaval de Payo, pero no pasa de eso. Lo que realmente les aterra es una manifestación multitudinaria en las puertas del Congreso. Pero para conseguir eso hay que organizarse, lo que requiere esfuerzo colectivo y tiempo, incluso, a riesgo de perder la clase de spinning.


Fuente: UH