Entre los impuestos y la autoridad moral

El actual debate sobre la reforma tributaria representa un verdadero desafío en este aspecto. ¿Cómo lograr la simpatía del contribuyente que hoy ya está cumpliendo con el Fisco si no se dan señales claras de mejoras en el aparato estatal? Diversos especialistas del sector financiero ya han comentado que el problema no es la reforma en sí, que de hecho es muy necesaria, sino la calidad del gasto.

Por el otro lado, la informalidad sigue fuerte. De acuerdo con la organización Pro Desarrollo, la economía subterránea (los negocios clandestinos) representó USD 11.652 millones en el 2017, el 38,6% del producto interno bruto (PIB). No es novedad que gran parte del movimiento económico informal ocurre por padrinazgo de los mismos políticos. Además, una reciente encuesta sobre condiciones de vida de la Dirección General de Estadística, Encuestas y Censos (Dgeec) arrojó que de los 3.375.265 paraguayos ocupados, solo 735.098 tienen seguridad social (el 22%).

Evidentemente, la gangrena de la corrupción se ha diseminado a lo largo de todo el esquema público y ya escapa del mero control del Poder Ejecutivo. He ahí el problema principal a la hora de querer cobrar más impuestos. El Estado paraguayo es unitario y, como tal, todos sus ejes deben estar orientados hacia el mismo lado. Es decir, todos los poderes deben trabajar en la transparencia, mejorar sus gestiones y reducir los despilfarros, si pretenden que la ciudadanía tome de buena manera intentonas de nuevas recaudaciones. ¿De qué le sirve a Hacienda apretar al contribuyente o luchar contra la evasión si el Poder Judicial otorga medidas cautelares para amparar negocios irregulares que no están tributando lo que deben, o directamente no contribuyen? ¿Por qué el Congreso se erige como paladín de la formalidad si nuevamente aumenta la cuota de funcionarios y recurre al carroñero prebendarismo para premiar a los amigos? ¿Qué hacen las gobernaciones con todo el dinero que reciben de las binacionales?

IDEAS E IDEAS. En los últimos años, se han pensado diferentes maneras de recaudar, pero las señales desde el Estado continuaron siendo difusas o directamente inexistentes. Podemos recordar el tributo a los préstamos de las cooperativas (ya derogado), la ampliación del gravamen para las compras online en el extranjero y los impuestos para la adquisición de contenidos digitales, como Netflix, Spotify y Uber. Estos últimos ya habían sido aprobados en la Ley del Cine, pero las procesadoras de tarjetas todavía no empezaron a hacer las retenciones, puesto que se espera el consenso con la nueva reforma.

No resulta descabellado que se plantee elevar el impuesto selectivo al consumo (ISC) para aquellos productos que no son de primera necesidad, como el tabaco, bebidas con alto contenido de azúcar, alcohol, embarcaciones, autos nuevos y usados, entre otros. Sin embargo, es importante escuchar las versiones de los diferentes gremios empresariales, considerando el panorama económico no tan alentador que se avecina, de acuerdo con los analistas.

El trabajador nacional que hoy ya tributa no tendrá problemas en acompañar la aplicación de más impuestos si viera resultados reales. Si observase que los caminos están en mejores condiciones, que en los hospitales públicos ya no faltan insumos y que la deserción escolar se redujo gracias a escuelas mejor acondicionadas.

Mientras la imagen del Estado no cambie, mientras continúen los beneficios para pocos, no se persiga a los negociantes clandestinos y el gasto público siga siendo una mofa, ninguna reforma tributaria será suficiente.


Fuente: UH