Damos pena

Ni siquiera podemos reclamar con cierto derecho el mar que el destino geopolítico nos negó. ¿Para qué? Un simple lago como el de Ypacaraí no podemos mantenerlo limpio, con un turismo sano y vigoroso. El mar tiene suerte, se salvó de nosotros.

Ni siquiera merecemos los dos nobles y grandes ríos que tenemos. El Paraná y el Paraguay. Nuestras únicas riquezas naturales junto a la tierra fecunda, incluso para generar títulos falsos en el Indert.

Cómo pagamos todo lo que estas vías fluviales nos regalan. Sencillo: contaminándolas y expoliándolas.

Somos lo contrario al rey Midas. Lo que tocamos no hacemos oro, sino una sustancia más nauseabunda. Aunque nos espera igual futuro, la inanición. Y lo tendríamos merecido.

El río Paraguay tiene la costumbre de subir y bajar con cierta periodicidad. Cada tantas décadas se entusiasma y avanza más metros de lo habitual, pero siempre dentro de su cauce. Si hay lluvias un poquito extraordinarias el río se muestra algo menos previsible. Suficiente como para que los palurdos que habitan en su vera –tanto los que están en los puntos inundables como los que no están por ahí– entren en crisis.

Es la población la que invade el terreno anegable. No al revés. Y es un problema que data desde 1537.

Y año tras año se vuelve cada vez más grande. En casi 500 años únicamente hemos alimentado al monstruo. Ahora está bastante crecidito y manejarlo será casi imposible. Para qué hacerla larga: seguro nos devorará dentro de unos pocos años. Y lo tendríamos merecido.

En principio, uno está tentado a endilgar el problema a la atávica estupidez, a una necedad radicada en la frontera de lo anormal. Pero no es verdad, o lo es en parte. Al parecer, no somos estúpidos, nos hacemos de los estúpidos. Lo que a la postre es peor.

Nunca se dio una solución a la crisis de las inundaciones por la corrupción, la mediocridad y la mezquindad. Tanto de los propios afectados como de las autoridades que, en teoría, deben encontrar una salida. El resto de la sociedad observó durante décadas el triste espectáculo del dolor ajeno refugiado en una de las causas de nuestro retraso social: el aichinjarangaismo. La premisa de que hay que ayudarle al prójimo cada tanto para aturdir nuestras culpas en una solidaridad pervertida. Aunque los vecinos que reciben al enjambre de damnificados cada vez les tienen menos paciencia.

Jugar a pobre eterno también es perverso y es un golpe bajo a la lucha de tantos actores que buscan una verdadera justicia social.

La crecida no expone solamente el rostro de la pobreza. Expone la fayutez, comodidad, mediocridad, corrupción, hipocresía en las que todos estamos sumergidos. Expone la más triste cara de nuestra sociedad.

Las aguas volverán a bajar. Se ocuparán los lugares que no deben ocuparse. Los políticos no harán su trabajo. Hasta la próxima riada en que el show volverá a repetirse. Damos pena.


Fuente: UH