Damnificados, solidaridad y sentido común

En este sentido, hay que ser claros y decir lo que parece que está mal, aunque ello sea malinterpretado. Los afectados por el avance de las aguas no pueden ser reubicados en plazas del pequeño microcentro, y esto no significa ser insensible, poco solidario o desalmado. Tampoco implica dejarlos a su suerte, sin ningún tipo de apoyo o asistencia. Es evidente que estamos ante una realidad social que debe ser atendida y con todos los recursos necesarios, pues entre los damnificados hay miles de niños y ancianos, muchos de ellos incluso en estado de desnutrición o con enfermedades crónicas, resultado de la situación de pobreza económica y educativa en la que se encuentran.

Pero la asistencia comunal o estatal debe ser aplicada dentro de ciertos parámetros de lógica y cuidando todas las variables en juego; analizando los procesos y consecuencias. Por ello no corresponde que se ocupen los principales espacios verdes y públicos del pequeño centro de la capital. Es una cuestión obvia, por motivos urbanísticos, turísticos, de seguridad, salubridad, protección patrimonial y hasta de convivencia. No se trata de la única salida. Opciones existen, pero implican organización, planificación; esta fue la más fácil.

Es comprensible que los afectados tengan el deseo de ubicarse cerca de sus viviendas, en pleno centro asunceno, pero ello no siempre es ni será posible. La Secretaría de Emergencia reconoce que los espacios no son suficientes, y que los damnificados no quieren ir a ciudades aledañas.

Aquí el problema es que las autoridades intervinientes están actuando de forma permisiva a fin de cubrir su incapacidad y falta de previsión ante un problema cíclico por todos conocidos. Más allá del barrio San Francisco no existe otra iniciativa ejecutada y pensada a largo plazo para las familias que viven en territorios que en realidad deberían ser declarados inhabitables. Permitiendo la instalación de precarias viviendas en las plazas del microcentro, en medio de edificios históricos, sin ningún tipo de preparación o adecuación para dicha emergencia, solo se busca esconder una incapacidad respecto a la creación de refugios adecuados, con todos los servicios.

Y en este punto hay otras cuestiones. Por un lado, la asistencia a las familias anegadas mueve muchos millones, entre compra de chapas, maderas, combustible y otros, y no faltará quien se aproveche de ello. Como ya se dijo alguna vez, con todo el dinero invertido en los programas de asistencia ya se podrían haber construido dos o tres defensas costeras para las poblaciones de los bañados. Por otro lado, a más de un político no le interesa acompañar ni mucho menos proponer soluciones definitivas para estas familias, ya que se trata de potenciales votos. En la mayoría de los casos son poblaciones manejadas por operadores de partidos políticos con representación parlamentaria, que se benefician con favores y asistencialismos; lucran y se posicionan con la pobreza ajena.

Igualmente, hay que decir que hay elementos culturales que emergen, como el famoso "aichejáranga"; se los trata como personas sin inteligencia ni capacidad para salir adelante; algo falso y que no colabora con su desarrollo ni se compadece de su dignidad. Esa mirada de "pobrecitos", incapaces de vivir en un barrio fuera de la ciudad, lejos de las changas, pero en una vivienda más acorde a su humanidad, no se ajusta a la realidad y hay que superarla. Así como tampoco se ajusta el llamarlos haraganes; una generalización que frena toda postura realista, solidaria y constructiva con el semejante.

Ante este problema tan complejo, los desafíos pasan desde el sacudirse de los prejuicios para alcanzar una mirada que reconozca la dignidad de estas personas en situación de vulnerabilidad, buscando que estén a la altura del valor ontológico que poseen y les constituye; hasta el reclamo por la urgente ejecución de políticas públicas para la construcción de viviendas sociales a gran escala, tanto a mediano como largo plazo, como programas integrales de reubicación que les permita apuntar a un horizonte más correspondiente a sus exigencias humanas y ciudadanas.


Fuente: UH