Carlos Jara Saguier: Chéko aime ápe

Por aquel tiempo, Trinidad era un barrio en el que se enseñoreaba el matadero y abundaban degolladores profesionales de vacunos. Entre estos, un amigo de aquellos —cuya firma puede no estar al pie del acta de fundación de un club de fútbol, aunque no lo sé, pero que sí cayó muerto en una guerra por un pedazo de país—: Chico Va (Chico Valiente), Francisco Estigarribia, diestro cuchillero e indómito en el campo de batalla, cuyos restos fueron depositados por su amigo el presidente, en 1936, en la urna correspondiente al Soldado Desconocido que reposa en el Panteón de los Héroes. La guerra fue el tipo de experiencia decisiva para la generación del padre de Jara Saguier. La guerra y el fútbol, claro.

Por eso su tío, Norberto Jara Román, comandó un regimiento como Carlos Jara Saguier comandó décadas después el mediocampo aguerrido de Cerro Porteño, que peleaba las pelotas detrás de la casaca número 10 del inefable Saturnino Arrúa. No vi jugar a Jara Saguier, mucho menos en su auge, pero el fútbol de antes de la televisión y las cámaras inteligentes tiene esa atractiva cosa oral a la hora de verlo cuando alguien te lo cuenta, una cosa llena de ademanes y acentos que la generación de mi padre todavía transmite y enseña. Pero alguna vez dejará de hacerlo. Como Jara Saguier dejó hace unas semanas de ser técnico de Deportivo Santaní.

Dirigió a sus jugadores con una sonrisa en su último lance, sabiendo que lo era. Los malos resultados tienen una lógica implacable. No siempre fue así. Pero es, de hecho, el fútbol entendido como él lo entiende —no tan mecanizado y con una confianza impávida en sus jugadores— el que va dejando de ocupar lugar entre los técnicos del Paraguay y también del mundo, aunque aquí todo siempre, para bien o para mal, se demore más. No solo en el sentido estricto del juego, sino de ciertos valores y ciertas referencias humanas cada vez más exógenas al ámbito de un deporte hiperprofesionalizado y con intereses económicos que traspasan largamente lo deportivo.

El solo hecho de formar parte con su apellido de lo que ya muchas veces se llamó una dinastía de futbolistas hace de Jara Saguier alguien especial. Su padre y Lidia Saguier engendraron siete jugadores, cuatro figuras de Cerro. Sus sobrinos Luis y Adolfo Jara Heyn jugaron en Olimpia. Este último es uno de los futbolistas más laureados de la historia del club en donde —como todavía sucedía hasta hace poco— jugó toda su carrera.

En los primeros setenta, Jara Saguier era uno de los más jóvenes de la Selección Paraguaya. Un día jugaban en Lima contra Perú y en el banquillo estaba una gran influencia técnica suya: Aurelio González. De repente, surgió una jugada por la izquierda, al otro lado de la cancha, en la que un jugador paraguayo perdió la pelota inexplicablemente. El Gran Capitán montó en cólera:

—¡La gran puta, Jara Saguier, mba'e la rejapóva!

Este, con timidez, dijo:

—Chéko aime ápe, profe.

Aurelio González dio media vuelta, lo miró sorprendido y escupió:

-¡¡¡¿Ha máva aña pio amóva upéicharõ!!!???

Lo contó alguna vez Carlos Diarte.

Carlos Jara Saguier —quien en Pedro Juan Caballero adoptó a un perro como mascota y fiel asistente suyo al lado de la cancha— es el único técnico paraguayo con una medalla olímpica. Y no tiene trabajo.


Fuente: UH