Tras el final de la dictadura, urge derrocar a la corrupción

Aunque un sector de nostálgicos todavía insisten en reivindicar a la dictadura stronista, las cifras del terrorismo de Estado que en el 2008 entregó oficialmente la Comisión Verdad y Justicia (CVJ) son contundentes: 20.090 víctimas directas de violaciones de derechos humanos, 19.862 detenidos en forma arbitraria o ilegal; 18.772 torturados, 59 ejecutados extrajudicialmente, 336 desaparecidos (cuyo número se ha elevado a 459, tras las últimas investigaciones del equipo forense del doctor Rogelio Goiburú), 3.470 exiliados,107.987 víctimas indirectas (familiares y allegados), 7.851.295 hectáreas de tierras malhabidas.

Para quienes tengan dudas, el llamado Archivo del Terror, con informes de los propios torturadores y policías de la dictadura, que se conserva en el Centro de Documentación y Archivo – Museo de la Justicia, en el Poder Judicial, resultan aún más precisos e indiscutibles.Recordar lo que pasó es importante, porque la preservación de la memoria histórica ayuda a rescatar el pasado para entender el presente y poder construir un mejor futuro. Un pueblo que niega su historia está condenado a repetir sus errores. Para valorar la democracia hace falta conocer el verdadero rostro de la dictadura, enfrentar y superar sus mitos.

A diferencia de otras dictaduras militares latinoamericanas, el régimen del general Alfredo Stroessner (1954-1989) fue un sistema político que buscó permanecer indefinidamente en el tiempo y no un régimen transitorio de excepción. Tal como lo define el informe final de la CVJ, la dictadura stronista "tuvo claros signos no de simple autoritarismo sino de totalitarismo, y uno de ellos fue la proclamada 'unidad granítica' entre el gobierno de Stroessner, las Fuerzas Armadas y el Partido Colorado para el control total del Estado y de la sociedad"

A tres décadas de la caída de la dictadura, el sistema republicano tiene aún muchas deudas pendientes con la población: altos niveles de pobreza, graves deficiencias en la salud pública y la educación, el flagelo de la inseguridad, una clase política y un Poder Judicial que dan las espaldas a la ciudadanía, la falta de mejores oportunidades laborales y condiciones de vida digna… pero nada puede ser peor que aquellos años de totalitarismo, de falta de libertad, de persecución política por pensar diferente, de detenciones arbitrarias por orden superior, de torturados, desaparecidos, exiliados y asesinados. Al celebrar estos 30 años de sistema democrático, nos queda ahora el desafío de derrocar a la corrupción, sin dudas el mayor flagelo que impide el desarrollo del país.


Fuente: UH