Primer barrio cerrado del país clama restauración

Mediante la caldera, que movían los motores a vapor de los talleres del ferrocarril, los ingleses instalaron un mecanismo –a base de un generador de dínamo– para alimentar el suministro de electricidad a las casas, habitadas entonces por los operarios de la estación de tren.

En la caldera se cargaba la leña, hervía el agua y el vapor empujaba el generador para darse la vuelta: "Todo a base de poleas y correas y todo esto sigue funcionando", destaca Miguel Torres, funcionario de Ferrocarriles del Paraguay SA (Fepasa). Cuenta que cada Semana Santa activan las máquinas a vapor para el deleite de los visitantes.

En la primera década de 1900 –tras siete años de la construcción de los grandes talleres ferroviarios– los primeros pobladores de la villa –todos ingleses– poseían luz eléctrica y un sistema para calentar el agua de la bañera.

Los ingenieros europeos habían instalado un mecanismo de suministro de agua, a partir de una naciente o del cerro Rokê. Desde la cima, distante a 2 km del pueblo, montaron un sistema de cañería de metal para transportar el líquido del manantial hasta una estación de bombeo de 250.000 litros. De ahí, se estiraba agua a las primeras casas de la villa y hasta un tanque, a la vera de la vía férrea, que recargaba los tanques de los trenes.

"Es el primer barrio cerrado del Paraguay y creo que la primera ciudad en tener energía eléctrica, ellos generaban su propia corriente a vapor. Tenían un generador a dínamo que suministraba electricidad a las casas", reseña.

Pero todo quedó paralizado en el tiempo. Pese a esto, la gente que vive en la villa se surte de las cañerías que traen agua del cerro, aunque a veces la presión es baja y no pueden consumirla por el sarro de los vetustos caños.

Ruinas. De las 30 casas de la Villa Inglesa, 17 están ocupadas por pobladores de la zona y algunos ex ferroviarios. El resto está en estado de abandono: rapiñadas, en situación crítica y con riesgo de colapso. La mayoría está con visibles deterioros, especialmente, en el techo.

"Remendamos un poco, pero no podemos subir porque todo es muy viejo", cuenta Isidro Céspedes, quien manipuló rieles y durmientes durante 22 años de su vida.

"Otyky, a chorro cae agua", apunta a las derruidas tejas.

A ojos vistas las paredes están resquebrajadas y los pisos –en ciertos sectores– literalmente se hunden. "Siempre a los lugareños nos da mucha pena e impotencia al mismo tiempo. Tantas cosas lindas quedaron y es triste ver ahora", refiere Martha Ruiz Díaz, docente jubilada, quien publicó un libro sobre el aporte de los ingleses apelando a la memoria de los ex ferroviarios.

Los ocupantes están dispuestos a revocar las paredes, previo permiso de Fepasa. Pero necesitan asistencia, debido a que existe un protocolo de intervención sobre patrimonios culturales.

A dos edificios le crecieron árboles adentro y en el techo.

La Arq. Silvia Rey, de la Secretaría Nacional de Cultura (SNC), anuncia que plantearán al Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones (MOPC) adoptar medidas de salvaguarda: apuntalamiento y sanitación mientras se ve cómo reencauzar el proyecto de restauración. Existe un plan maestro, pero quedó en la nada o en el suelo como el cartel de Fepasa en el corredor de una de las casas de la villa.

Los turistas se toman la cabeza. ¿Por qué dejan que esto se funda?, dicen, y nosotros nos quedamos sin palabras. Martha Ruiz Díaz, sapuqueña.


Fuente: UH