La Iglesia, los abusos y la reputación

Asumir las miserias y errores; hacerles frente, aunque sea temblando de miedo o herido por el dolor, ateniéndose a las consecuencias imprevisibles y en medio de una opinión pública comprensiblemente sensible al respecto, tampoco es un dato secundario.

Francisco ha sido claro al respecto, subrayando la gravedad de los hechos y apoyando que los consagrados involucrados deben rendir cuentas por sus actos y asumir las consecuencias civiles y eclesiales. "Todo abuso es siempre una monstruosidad. En la justificada rabia de la gente, la Iglesia ve el reflejo de la ira de Dios. Tenemos el deber de escuchar atentamente este grito silencioso", señalaba en otro tuit, el pasado domingo 24.

De hecho, ya lo había expresado en la carta dirigida a los católicos del mundo tras el informe de Pensilvania que detalla abusos cometidos en los últimos 70 años: "El dolor de estas víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado o silenciado", decía entonces.

Y para hacerlo más concreto y no quedarse en discursos, dispuso que los 190 participantes del encuentro tuvieran la oportunidad de conocer rostros de sobrevivientes; escucharon sus vivencias, gritos y reclamos, rezaron con ellos, hicieron un acto penitencial público en compañía de uno, y establecieron pautas para combatir y prevenir estos crímenes. Respetar los protocolos establecidos y las leyes civiles, así de simple.

En este contexto, más allá de los cuestionamientos hacia la Iglesia, la ideología asumida, los reparos que se tengan o incluso los sentimientos de odio hacia ella, hay que reconocer que esta convocatoria sin precedentes de parte de su máxima autoridad es un gesto positivo y provocador, uno que marca un camino a seguir, no solo dentro de la milenaria institución sino en toda la sociedad, tristemente también afectada en sus diferentes estamentos por el horroroso crimen del abuso a menores. ¿Cuántas instituciones apañan estos terribles delitos con el silencio y la complicidad? ¿Cuántas familias sufren por estos casos de parte de sus miembros y no tienen la fuerza ni la postura adecuada para enfrentarlos?

Mirar de frente, duele, pero es la única salida que tenemos para seguir avanzando, ya sea como sociedad o nivel personal. Urge comprender que de nada vale la reputación si pisoteamos la verdad y la dignidad de las personas; son prácticas boomerang que terminan devolviendo con fuerza el mal realizado. ¿De qué serviría conservar las apariencias si la podredumbre de la corrupción y la mentira terminarán por derrumbar y carcomer todo nuestro interior y su entorno? ¿De qué sirve ganar el mundo si al final se pierde uno mismo?

Aprender a enfrentar las debilidades, propias y ajenas, venciendo miedos y orgullos, teniendo como punto de partida un deseo de justicia, más que de poder y prestigio, es una lección para nuestro tiempo, una provocación que vale mirarla sin prejuicios.


Fuente: UH