Duele que no valoren nuestro sacrificio

Estaban allí en la madrugada del 3 de febrero de 1979, tras una noche de intenso combate, cuando no sabían si estarían vivos al amanecer. Estaban allí, tumbados en la vereda del Regimiento Escolta Presidencial, sobre Mariscal López y General Santos, parapetados con una ametralladora pesada Browning calibre 7.65, cumpliendo la orden de mantener ese lugar conquistado a sangre y fuego, tras la rendición del dictador Alfredo Stroessner.

Un fotógrafo apareció en frente y les preguntó si podía tomarles una foto. Los dos se miraron y luego asintieron. El reportero apuntó su cámara, disparó y los dos soldaditos combatientes pasaron a formar parte de las imágenes más simbólicas del golpe militar que puso fin a 35 años de dictadura.

A 30 años de esa foto, ambos protagonistas están en la Redacción de Última Hora. Son Pedro Bogado y Rubén Darío Benítez, quienes integraban la dotación del Regimiento de Caballería RC1 Valois Rivarola, con asiento en Fortín General Díaz, Chaco, a 635 kilómetros de Asunción.

"Llevábamos un año sirviendo en el cuartel. No sabíamos nada, pero nuestro comandante, el coronel Lorenzo Carrillo Melo (Víctor 1) nos mandó a hacer un fuerte entrenamiento para el combate, con morteros, lanzagranadas, fusiles, ametralladoras livianas y pesadas. No usábamos fogueo, sino balas de verdad", cuenta Pedro.

DESCONOCIMENTO. Ambos habían sido enviados al cuartel siendo menores de edad. "Yo no sabía nada de la dictadura, ni de que íbamos a participar del golpe. Intuí que nos preparaban para una guerra", dice Rubén.El 30 de enero, unos 50 soldados fueron alzados a un camión transganado y traídos hasta la sede de la Caballería, en Campo Grande, donde fueron ocultados en una cuadra. "El 2 de febrero supimos que iban a llevarnos a pelear, pero no sabíamos contra quién. Al atardecer, empezamos a movilizarnos", indica Pedro.

Ocuparon la Escuela de Educación Física de las Fuerzas Armadas, junto al Escolta. "Disparamos morteros y otras armas, algunas estallaban cerca y hubo gente muerta y herida por el fuego amigo. Cerca de las 4.00 cantamos victoria, cuando Stroessner se rindió", relata Rubén."Vimos muchos soldados muertos, pero se llevaron los cuerpos en ambulancias y hasta en camiones de basura. Cuando llegaron los periodistas ya estaba todo limpio, pero el olor a sangre no salía. Nosotros nos quedamos de guardia en el Escolta por más de un mes y el olor de la muerte seguía siendo fuerte", recuerdan.

Pedro hoy trabaja como técnico en Madrid, España, y Rubén tiene una carbonería en Roque Alonso. Se han vuelto a encontrar tras mucho tiempo. Dicen que el sacrificio de aquella noche valió la pena para ganar la libertad, pero les molesta que el presidente Mario Abdo haya vetado la ley que les iba a otorgar una ayuda económica. "Casi morimos esa noche y nos duele que no reconozcan nuestro sacrificio", coinciden ambos excombatientes.


Fuente: UH