Marly y el papa Francisco

El presidente de la República, Mario Abdo, visitó recientemente al papa Francisco en el Vaticano. La noticia no hubiera tenido tanta repercusión en los medios locales de no ser por la polémica desatada en torno a la nutrida delegación que acompañó al mandatario, y, principalmente, por la presencia de Marly Figueredo, esposa del senador Rodolfo Friedmann, que provocó burla e ira en mucha gente.

El punto –una nimiedad en el contexto de la visita, en la que se habló de temas sensibles como corrupción, pobreza y narcotráfico– vale, sin embargo, para una reflexión.

Más allá del cuestionamiento referido al monto asumido por el Estado en concepto de viáticos, y el necesario análisis de quiénes se beneficiaron con los mismos –aspectos importantes para la transparencia y buen uso de los bienes públicos–, las críticas en las redes y medios respecto a la participación de la ex modelo no tienen buen fundamento; parecen motivadas por cuestiones político-partidarias –como es el caso de los medios de Cartes–, en la vulgar envidia y/o la ignorancia respecto a la tarea del Sumo Pontífice y, por ende, de la misma Iglesia.

Al respecto, es una equivocación pensar que el Papa o la Iglesia están solo para aquellos perfectos y coherentes, o reconocidos como tales en la sociedad. Muy por el contrario. El mismo Francisco ha recordado en numerosas ocasiones que ella es un "hospital para pecadores" y no un "museo de santos". "La Iglesia está hecha de pecadores", "Nosotros, los hijos de la Iglesia, somos todos pecadores", son frases harto repetidas por el obispo de Roma.

Además, es de hipócritas y poco conscientes de la propia naturaleza el pretender juzgar la dignidad o el valor de cualquier persona, más aún teniendo como base o excusa su pasado; suponiendo así saberlo todo, sintiéndonos mejores o más dignos, olvidando que hay detalles y realidades intervinientes en las decisiones ajenas que nunca las conoceremos. Somos incapaces de abarcar todo el espectro, conocer el corazón del otro, las batallas que libra cada uno.

El presente tiene su propia fuerza, lógica y verdad, y vale preguntarnos quiénes somos para suponer que poseemos la capacidad de definir quién se merece estar frente al Sumo Pontífice, o quién es suficientemente apto para ir a misa o participar de un culto religioso, portar un rosario, hablar de cual o tal tema, o incluso, dar un buen consejo. Juzgamos con facilidad y sin piedad.

El hombre goza de inteligencia, voluntad y libertad, y así puede reconocer un valor y moverse hacia él; analizar su propia existencia, decidir continuar el camino, dar nuevos pasos o retomar el rumbo.

Ante determinadas realidades, más que apresurarse a tirar la primera piedra quizás resulte más sano fortalecer una mirada de respeto, la autocrítica –necesaria pero difícil–, y una toma de conciencia honesta de la propia fragilidad como seres humanos.

Fuente: UH